La palabra Hiyab proviene del verbo “hayaba” o " jajabah"que significa “ocultar”. Este nombre también corresponde al pañuelo que la mayoría de mujeres musulmanas utilizan para taparse. Explica la historia del Islam que Mahoma, profeta de la religión musulmana, quiso que sus esposas y seguidoras cubrieran sus cabezas con un velo para evitar que las confundieran con mujeres de otras creencias o de la calle. Es decir, la idea surgió como un modo de protección e identificación. Desde entonces el Islam ha fomentado la decencia y ha intentado alejar al creyente del vicio, la inmoralidad y el pecado y por ello, tanto hombres y mujeres deben vestir con modestia y austeridad. La mujer, quien es susceptible de “provocar” el deseo sexual del hombre con su belleza femenina, debe cubrirse el cabello, parte del rostro y el resto del cuerpo.
Hoy en día es difícil entender la imposición del hiyab y la mayoría de visiones no cercanas a la religión musulmana lo ven como una representación de la discriminación y la limitación de los derechos de la mujer. Pero los motivos para llevar el hiyab pueden ser de distinta índole: hay mujeres muy devotas de la tradición que han decidido ponérselo con mucho orgullo; otras que, dada su ideología fundamentalista, lo llevan cumpliendo a rajatabla la delicada interpretación de sus textos sagrados y otras a las que simplemente no se les concede otra opción que la de vivir totalmente ocultas sin opción de poder cuestionarse las leyes.
El uso del pañuelo está en pleno debate, no sólo entre las sociedades de Occidente si no en las mismas comunidades musulmanas. En países como Afganistán o Irán, la ocultación de la mujer está mucho más radicalizada, es total (burka), pero es un hecho que va ligado a su situación sociopolítica. En otros países como Kuwait, Egipto, Líbano o Turquía la incesante actividad política, social, científica y cultural está haciendo transformar la nación islámica. Es en estos países donde llevar el hiyab también conlleva una distinción de status social, un complemento más de la moda entre mujeres o un signo de identidad cultural. Las mujeres pueden ostentar altos cargos como el caso de la ministra de Educación en Qatar, Heija Al Mahmud o la ministra de Planificación y Desarrollo administrativo en Kuwait, Masuma Mubarak.
Pero nuestra visión centroeuropea, que presume de progresismo y de libertades, nos hace pensar inevitablemente que uno de los principales enemigos de nuestra “evolución” son las religiones y sus símbolos, ya sea un crucifijo, un rosario, un shayla, un burka o un hiyab. Y frente a una amenaza como ésta quien más rechazo recibe es el elemento desconocido, en este caso, el velo del Islam.
La problemática que ha presentado el caso de Najwa en el Instituto Camilo José Cela no se da por primera vez, también se han dado casos como el de ella en otras escuelas que no tuvieron tanta trascendencia porque se llegó a un acuerdo.
La Ley Orgánica de Educación de 2006 establece que serán los consejos escolares los que regulen con plena autonomía las normas internas de convivencia, es decir, deben ser los propios centros educativos quienes pactan sus propias normas respecto a estos temas. Sin embargo, en el capítulo tres del artículo de la misma Ley sobre la escolarización de alumnos expone que “en ningún caso habrá discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. Aquí es donde se crea la controversia porque sí reciben un trato discriminatorio aquellos que expresan sus creencias a través de su estética.
El trasfondo de todo está en el hecho de contemplar el pañuelo de una única forma: como sumisión y discriminación de la mujer. Si bien es cierto que en algunos países donde la religión oficial es el Islam (unos 1.200 millones de seguidores) la limitación de la libertad femenina está a la orden del día, no significa lo mismo para todas las mujeres y ni mucho menos implica que debamos emprender una batalla contra ello de una forma tan discriminatoria. Se debe anteponer la libertad de expresión de las personas a la tendencia incesante de solucionar los problemas ideológicos de otras identidades culturales.
El Gobierno debe estar dispuesto a cambiar la Ley Orgánica para establecer una norma única para todos los centros basándose en los valores que promulga: “tolerancia y sensatez”, por el contrario, la convivencia entre las diferentes culturas que ocupan el territorio español se volverá difícil en un futuro. Analizando otros casos donde el poder ejecutivo ha tomado cartas en el asunto observamos que, por ejemplo, no fue precisamente un modelo de tolerancia el del gobierno francés, cuando en el 2004 aprobó una ley que prohibía el uso de elementos religiosos en escuelas públicas. El descontento que levantó entre la comunidad islámica ha ido en aumento desde entonces. Pero otros países como Alemania, Holanda, y Reino Unido han sido mucho más flexibles frente al derecho de libertad de imagen. El motor del progreso y del cambio del pensamiento no se halla en las prohibiciones, en una imposición sobre otra, si no en el respeto de los derechos fundamentales y el respeto entre culturas. Hasta ahora lo segundo ha funcionado mejor que lo primero.
Patricia Porteros

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